Por Hernán Carbonel - Para LA GACETA - Salto
- Hay una frase suya que dice que las dos patrias de un escritor son la infancia y el lenguaje. ¿Cómo fue su infancia, y cuál siente usted que es su lenguaje?
- Vamos a comenzar por el principio: en realidad la frase, que es muy hermosa, no es exactamente mía. Es una frase que viene, de alguna manera, recorriendo la literatura. Es algo que ya vio Rilke, algo que ya sintió Hölderlin. El sentido de la frase, lo hayas enunciado o no, creo que lo cumplen todos los escritores y, probablemente, todos los artistas. Por lo menos los que yo he conocido. Hay algo esencial en la infancia, que es aquello -como decía Rilke- a lo que hay que recurrir cuando nos da la impresión de que el mundo, lo que podemos ver de él, se nos terminó. Rilke aconsejaba volver a la infancia porque ahí están aquellos rasgos esenciales, lo que después va a ser nuestra vida o nuestra imaginación. En cuanto al lenguaje de un escritor –que también está en la infancia- es su lengua madre. En este mismo momento, en el taller, estábamos hablando justamente de eso: cuando Dante escribe la Divina Comedia, no escribe la Divina Comedia en la lengua de la cultura, escribe la Divina Comedia en la lengua de su pueblo, que era el toscano. Vale decir que va a recurrir a aquellas palabras que aprendió probablemente de su madre y de su padre en la infancia, y las va a llevar a la literatura hasta el punto tal que hoy, hasta en esta charla, estamos hablando del lenguaje de Dante y de lo que Dante hizo con las palabras. No hay más que dos maneras de sentir que uno todavía sigue siendo el mismo: encontrarse en aquel chico que fue, y, al mismo tiempo, seguir descubriendo, todos los días, el lenguaje, que es el lenguaje de sus pensamientos, de sus sentimientos y, cuando es escritor, de su literatura.
- Usted tiene una anécdota muy conocida, que es aquella del viejecillo. ¿Cómo fue aquel momento, aquella historia?
- La he contado tantas veces que ya no sé si estoy contando la anécdota o estoy recordando lo que conté. Pero, esencialmente, fue así: yo había escrito un cuento, que se llamaba “El último poeta”, y estaba muy contento con los méritos que yo mismo le atribuía a ese cuento, y se lo fui a leer a la casa a un viejo profesor sin cátedra, Bosio Arnaes, un hombre extraordinario y muy raro -parecía una especie de gnomo o ser de ciencia ficción, tal vez hasta de película de miedo- que vivía en las barrancas de San Pedro, y cuando empecé a leer el texto, que comenzaba “Por el sendero venía avanzando el viejecillo…”, ahí me interrumpió, y fue todo lo que leí. Y me dio mi primera y última lección de literatura, porque me dijo: ¿por qué “el sendero” y no “el camino”? ¿Por qué “el” viejecillo y no “un” viejecillo? La palabra “el” da por hecho que lo conocemos al viejecillo, sin embargo yo lo había puesto en la primera línea del texto.
- Le aumenta desmedidamente la identidad…
- Exactamente. Y ¿por qué “viejecillo”, y no “viejo”, “viejito”, o “anciano”? Es decir que, en una sola línea, y en diez palabras, yo había cometido como diez errores. Entonces le dije: “mire, señor, porque ése es mi estilo”. Y la lección fue: “antes de tener estilo, hay que aprender a escribir”.
- Maravilloso.
- Para que te lo digan a 50 centímetros de distancia, no tan maravilloso. Pero como lección, estupenda.
- ¿Es cierto que usted le pregunta a los aspirantes a su taller si han leído a los clásicos? ¿Por qué es necesario leer a los clásicos, no sólo para acceder a su taller?
- Es necesario leer a los clásicos no sólo para acceder a mi taller, pero, de todas maneras, en mi taller no es condición sine qua non haber leído a los clásicos. La pregunta que yo hago es: quiénes son para vos los autores clásicos y los libros clásicos, y cuáles son para vos aquellos libros que, de acuerdo a tu criterio, no podrían faltar de una lista de lo que entendemos como los grandes momentos de la escritura en la historia de la humanidad. Los hayas leído o no. Esa es la forma de la pregunta. Ahí vienen Homero, Dante, Gilgamesh, la tragedia griega, digamos hasta el Quijote o Rabelais. Lo que se llama la literatura clásica. Y que me marquen, o me digan, cuáles leyeron y cuáles no leyeron. Cuando me marcan los que no han leído, les pregunto por qué razón, sabiendo que ese es un gran libro, no lo han leído. Si la respuesta es una respuesta que a mí me convence, bueno, entrará en mi taller. Si la respuesta es una respuesta anti-literaria, no entrará en mi taller. Si alguien me dice: “no leí a Homero porque a mí me dijeron que es un plomo”, podés estar seguro de que no entra a mi taller.
-Me recuerda a algo que me dijo Sylvia Iparraguirre, su esposa: que con usted había aprendido mucha retórica.
-Sí. Pero a la retórica, en la Argentina, la utilizamos como una mala palabra. La retórica es aquello que se habla en la lengua pero con sentido meramente gramatical. Habría que decir, como alguna vez dijo Poe, buena retórica y mala retórica. Cualquier profesor de literatura del secundario, cualquier maestro más o menos avispado, también utiliza la retórica. En realidad, todos usamos la retórica. Pero la retórica de la gramática, y la retórica clásica -la hispánica, por ejemplo-, no son necesariamente aquello que yo entiendo como retórica en el sentido literario de la palabra. Se puede escribir retóricamente mal, como escribía Roberto Arlt, y ser un gran escritor. A eso aspiro yo con mi literatura, y a eso creo que aspiran casi todos los que vienen a mi taller cuando están frente a un texto literario.
-Volvamos a su biografía: ¿cómo es la historia de aquel cuento suyo que ganó un concurso de la revista Vea y Lea con Borges, Bioy y Manuel Peyrou como jurados?
- Volvedor se llama. Es un cuento que está publicado en Las otras puertas, y era un concurso de cuentos policiales.
- Muy de moda el relato policial, por aquella época.
-Y hoy también. El relato policial, aunque yo entiendo que sea una especie de sub-género, como tiene un antecedente muy sólido, que es el de Poe, y como ha dado en nuestro tiempo grandes escritores (no te olvides que Rodolfo Walsh, por ejemplo, era autor de relatos policiales), no va a perder su importancia literaria. Aun cuando yo no juzgue al cuento policial como el modelo de lo que quiero en literatura.
- La pregunta es obvia, usted ya lo nombró dos veces: Edgar Allan Poe. Ha sido uno de sus grandes maestros. ¿Es así?
- Es más o menos así. Lo he utilizado impunemente para escribir una obra de teatro, Israfel, pero no sé si fue mi modelo literario. Cuando pienso en modelo literario, yo pienso en hombres como Thomas Mann, Jean Paul Sartre, Rilke. Y también como Poe, por supuesto. Pero es como mi amor de la adolescencia, en el centro y en el fondo. En el adolescente que todavía perdura en mí, está sin duda Poe. Ahora, la enseñanza para mí de Poe no está tanto en sus poemas o en sus cuentos sino en sus textos no del todo conocidos, como Los marginales.
- Y después de tantos años: cómo se lee a Poe.
-Lo leí por primera vez, así que ya lleva 60 y tantos en mí (risas). ¿Cómo se lee? Como se lee siempre a un gran escritor. Un gran escritor es un gran escritor porque perdura en nosotros tengamos 50 o 60 años y lo hayamos empezado a leer a los 14. Porque a medida que crecemos, ese libro empieza a ser un libro distinto. La famosa frase de Heráclito que citaba siempre Borges: un hombre no puede entrar dos veces en el mismo río, porque no es el mismo hombre, ni el río será el mismo. Pasa exactamente con los libros. Y se podría formular que un hombre no lee dos veces el mismo libro. El primer Quijote que leíste es distinto del segundo Quijote que leíste y será distinto el tercero si es que seguís leyéndolo.
- Pienso en Cortázar, a quien usted conoció personalmente y con quien ha tenido discusiones literarias e ideológicas en su momento. Cortázar tiene una gran capacidad, que es la de generar asombro en los lectores jóvenes, pero ese impacto no suele repetirse en los lectores adultos.
- Yo creo que hay una particularidad de la literatura, que es que se puede leer muy bien en la juventud. En la adolescencia se pueden leer casi todos los libros que llamamos grandes libros. El adolescente que está dotado para la literatura o para el arte en general va a leer con tanta naturalidad Los hermanos Karamazov como unos años después tal vez el Ulises. Y lo digo no como un énfasis, sino porque es posible. Yo leí el Ulises cuando tenía 20 años. Y al mismo tiempo leía todavía algunos ejemplares de la saga de Sandokán. Pero la literatura, de alguna manera, está hecha para ser leída en la adolescencia, porque la adolescencia es la edad donde recibimos todo con una enorme amplitud. No hay ideas que nos puedan alarmar en la adolescencia. El adolescente está preparado para entenderlo todo. Cuando uno piensa, por ejemplo, que los más grandes poemas de Neruda están escritos entre los 16 y los 23 años, ya no necesita más argumentos que ese para darse cuenta que en la adolescencia se pueden recibir impresiones que pueden perdurar en hombres muy dotados hasta los 60 o 70 años. Se me dirá: pero Neruda no era un ser normal. Yo creo que sí, que hombres como esos son los hombres normales. Los otros son los aleatorios.
- Alguna vez Cortázar dijo que quien lee a Poe corre el riesgo de caer en una “efusión ingenua”.
- Leer a cualquier escritor que te gusta es un riesgo. Porque podés caer en una efusión ingenua. Por ejemplo: leer a Borges, y fascinarte por Borges, puede llevarte a la ingenuidad de creer que hay que escribir como Borges, o, después de que Borges haya enunciado determinado tipo de ideas y con un determinado conjunto de palabras, no se puede escribir más que así. Y eso es una ilusión, y una ingenuidad. O creer que toda la literatura fantástica está cifrada en los cuentos de Borges. Borges es, sin duda, un gran escritor, pero amarlo en demasía o creer que la suya es la única manera de escribir literatura, es una ingenuidad. Pasa lo mismo cuando vas al cine. Si uno ama a un director de cine, y cree que ese director es lo máximo que hay y más allá de esa imagen no puede llegar, está razonando ingenuamente. Lo que pasa es que en la adolescencia está muy bien razonar ingenuamente. Si esa ingenuidad la mantenés hasta el fin de los días, probablemente cometas un gran error. Y eso es lo que pasa con Cortázar: no es que a Cortázar no se lo pueda leer después de 20 o 30 años de haberlo leído por primera vez. Es que el modo de la lectura cambia. Y en esos casos hay que pensar -y pensarlo con mucha seriedad-: ¿me pasó esto a mí, o le pasa a Cortázar? ¿Yo no puedo leer hoy Rayuela porque Rayuela no es una novela de primer orden, como creí a los 17 años, o algo me pasó a mí que me hizo alejar de una obra como Rayuela? Cuando te das cuenta de que Cortázar sí puede ser leído aunque tengas 50 años y tu primer deslumbramiento fue a los 18, separás deslumbramiento de literatura y te quedás con aquello que es la gran literatura de Cortázar. Por ejemplo: Instrucciones para John Howell, de Cortázar, se puede leer a los 14 y a los 70 años con la misma pasión y con el mismo estupor. Pasa lo mismo con Casa tomada.
- Usted ha escrito novelas, ensayos y cuentos. Pero ¿es el cuento el género que más le gusta cultivar?
- En realidad, sí. Creo que, en el fondo de mí, hay esencialmente un cuentista. No creo en los géneros literarios. Creo que un escritor escribe lo que puede y como puede. Si es dramaturgo, y nada más que dramaturgo, ya pertenece a una especie muy particular, que es la del escritor especializado. Si es poeta, y nada más que poeta, pasa lo mismo. Lo que no implica que no pueda dar una visión total del mundo desde su género. Pero hay otro tipo de escritores, al que yo tal vez me acerco -y no es una cuestión de jerarquías, sino de modalidad-, que, tal vez por incapacidad, necesita escribir en distintos géneros. Para mí escribir es escribir tanto un cuento, como una novela, como un ensayo, como una obra de teatro, y haber escrito -y aún escribo- poemas. Y creo que cada tema exige una forma particular. Tal vez esto sea un defecto y no un mérito. Aquellos escritores con los que yo me formé, eran escritores que podían escribir en casi todos los géneros. Ahora: entendido esto, y entendido en que no creo en los géneros literarios sino en el hombre encarado con la materia de la literatura, creo que, en mi caso -no sé para el lector-, lo que tiene más fuerza es el cuento. Vale decir que cuando pienso la realidad, la pienso cuentísticamente, y tal vez dramáticamente.
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Poesía y prosa
Fragmento de Ser escritor*
Por Abelardo Castillo
Desconfío de los escritores que no empezaron haciendo versos. Leopoldo Marechal solía recordar que, para Aristóteles, todos los géneros de la literatura son géneros de la poesía, y Ray Bradbury aconseja leer todos los días un poema antes de poners.e a escribir un cuento o una novela. Todo escritor verdadero es esencialmente un poeta. Ser poeta no significa escribir en verso, ni el puro acto mecánico de versificar garantiza la poesía.
Cuando uno dice “poeta” piensa en Góngora, en Machado, en Lorca, en Neruda, en Vallejo. Son, digamos, poetas en estado puro. Pero hay otro tipo de escritor que llega a los versos a través de la prosa, como Borges, como Quevedo, incluso como Poe. Y hay todavía un tercer tipo, el gran prosista, que no puede escribir versos, aunque seguramente empezó haciéndolo en su adolescencia. William Faulkner le confesaba a Jean Steen: “Soy un poeta malogrado. Quizás todo novelista quiere escribir primero poesía y descubre que no puede, y entonces intenta escribir cuentos, que es la forma más exigente después de la poesía, y, al fracasar, sólo entonces se dedica a escribir novelas.”
La poesía no es una manera de escribir, es más bien un modo de vivir, de percibir el mundo.
*Seix Barral